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“¡Pero qué imaginación tiene este chiquillo!” Eso decía siempre mi madre, siendo yo un crío.
Mi infancia transcurría entre cómics, lápices de colores, superhéroes y música pop. Supongo que como reacción a un gris colegio de curas.  Y así iba cumpliendo años sin tener muy clara la respuesta a la pregunta “qué quieres ser de mayor”. Llegado el día, la cosa estuvo entre Bellas Artes y Publicidad. Opté por lo segundo.

A pesar de cómo están las cosas, nunca me he arrepentido de haber tomado esta decisión. Es de lo más coherente  que he hecho.  Ya que, al igual que esta profesión, siempre he sido un contador de historias, algo exagerado y un payaso por excelencia.

Mi trayectoria como  creativo iba sobre ruedas: anuncios, cuñas, spots, folletos,… Todo estaba controlado. O eso creía yo. Pero de repente,  internet y las redes sociales lo cambiaron todo. Tocaba ponerse las pilas. Vi con claridad que el futuro iba a estar en la red.


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